• El papel de la orientación en el camino hacia la universidad

El papel de la orientación en el camino hacia la universidad

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Elegir un itinerario académico es, para muchos jóvenes, la primera gran decisión de su vida. Una decisión que no solo marcará su trayectoria formativa, sino que también comenzará a trazar su camino personal y profesional. En ese cruce de caminos, los orientadores nos convertimos en faros, en acompañantes atentos y comprometidos con una misión que va mucho más allá de informar: orientar es inspirar, despertar preguntas, sembrar dudas constructivas y, sobre todo, ayudar a cada alumno a descubrir quién es y hacia dónde quiere ir.

En un reciente episodio dedicado a este tema, Laura Oviedo, responsable de Orientación e Información de la Universidad CEU San Pablo, comparte una visión profunda y estimulante del papel que jugamos como orientadores. Según Laura, nuestra labor no consiste únicamente en ofrecer datos sobre carreras, notas de corte o salidas profesionales. Lo esencial es provocar en el alumno una mirada más amplia, que le permita ir más allá de lo evidente y plantearse preguntas que conecten con sus verdaderas pasiones, habilidades y motivaciones.

La orientación educativa, en su sentido más auténtico, se convierte así en una oportunidad de autoconocimiento. Como orientadores, tenemos el privilegio y la responsabilidad de acompañar a cada estudiante en ese proceso único y transformador. Y para lograrlo, debemos alejarnos de las recetas generalizadas y apostar por un acompañamiento individualizado. Cada alumno es un mundo: con su historia, sus inquietudes, sus talentos y sus miedos. Nuestra tarea es escuchar, observar, preguntar, y sobre todo, confiar en su capacidad de decidir si les damos las herramientas adecuadas.

Uno de los grandes retos que enfrentamos es desmontar la idea de que la nota lo es todo. Por supuesto, el rendimiento académico importa, pero no puede ser el único criterio sobre el que se construyan los sueños. Hay factores igualmente importantes: la vocación, la motivación, las habilidades personales, el entorno familiar, la capacidad de resiliencia… Cuando ayudamos a nuestros alumnos a mirar más allá del número y a valorar todos estos elementos, les estamos enseñando a tomar decisiones más seguras, realistas y alineadas con lo que son.

El valor de una buena orientación reside, entonces, en facilitar espacios para la reflexión, no en dar respuestas cerradas. Significa mostrar caminos sin imponerlos, ofrecer posibilidades sin limitar, y dar apoyo sin condicionar. La clave está en inspirar confianza: en sí mismos, en su proceso y en sus decisiones. Porque el objetivo final no es que elijan bien según los estándares del mercado, sino que elijan en coherencia con su identidad, sus sueños y su proyecto vital.

Este enfoque humanista de la orientación educativa, que Laura Oviedo defiende con convicción, es una llamada a los orientadores a no conformarnos con cumplir un rol técnico, sino a ejercer un liderazgo pedagógico que inspire, que conecte, que transforme. Nuestra intervención puede marcar una diferencia profunda en la vida de un estudiante. A veces, basta una conversación bien llevada para que alguien se atreva a seguir una pasión, superar un miedo o replantearse una elección que parecía definitiva.

Porque orientar no es decidir por ellos. Es hacerles ver que, incluso en medio de la incertidumbre, siempre pueden elegir desde su verdad. Y eso, sin duda, es el mayor aprendizaje que podemos ofrecerles.

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