• «Los adultos tienen que entender bien la adolescencia»

«Los adultos tienen que entender bien la adolescencia»

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En la adolescencia se cruzan intensos procesos de cambio físico, emocional y social. Esta travesía, que marca el tránsito hacia la edad adulta, exige a los padres, orientadores y psicopedagogos una mirada comprensiva, empática y actualizada sobre los desafíos a los que se enfrentan los jóvenes actualmente. Promover el bienestar emocional en la adolescencia implica más que intervenir ante dificultades: requiere habilitar espacios donde los adolescentes puedan, simplemente, ser adolescentes. 

La presión social, académica y familiar que recae sobre los jóvenes puede hacer que esta etapa, que debería estar marcada por el descubrimiento, la búsqueda de identidad y la construcción de relaciones significativas, se transforme en una fuente de ansiedad constante. En lugar de sentirse acompañados, muchos adolescentes se sienten observados, juzgados o exigidos. De ahí la importancia de construir entornos seguros donde puedan expresarse, equivocarse y aprender sin miedo al castigo o la decepción. 

El bienestar emocional no se resume en la ausencia de problemas, sino en la capacidad de comprender y manejar las emociones, tomar decisiones responsables y establecer vínculos sanos. Este equilibrio no se logra con recetas universales ni desde la imposición de normas. Más bien, se construye a partir del acompañamiento afectivo, la validación emocional y el fomento de la autonomía. Los adolescentes necesitan que los adultos estén corrigiéndolos todo el tiempo, sino que los escuchen, que se interesen por lo que sienten y no solo por lo que hacen.

La comprensión del adolescente 

Según María Velasco, psiquiatra y divulgadora, una de las principales tareas del adulto que está en contacto con adolescentes es entenderlos desde su perspectiva, no desde el de los adultos. “Los adultos que rodean al adolescente tienen que comprenderlo bien”, señala Velasco.  

 Esto implica conocer sus códigos, sus formas de comunicación, sus inquietudes y sus silencios. No se trata de aceptar todo, sino de acercarse a ellos sin prejuicio. La distancia entre generaciones puede acortarse si existe una disposición sincera para entenderles. Desde esa cercanía es más fácil generar relaciones significativas que favorezcan el desarrollo emocional y el pensamiento crítico. 

El valor del pensamiento crítico

En un contexto donde las redes sociales, la sobreinformación y la presión por el rendimiento generan un modelo de éxito muchas veces inalcanzable, ayudar a los adolescentes a desarrollar criterio propio se vuelve una herramienta imprescindible. Según María Velasco, “tener criterio en esta vida es muy importante”, apunta la psiquiatra.  

El espíritu crítico no consiste únicamente en cuestionar, sino en aprender a: discernir, pensar por uno mismo y tomar decisiones coherentes con los propios valores. Esta capacidad les ayudará a resistir presiones externas y construir una identidad sólida. 

Las notas no lo son todo

Asimismo, no se puede hablar de bienestar emocional sin abordar la salud mental. Cada vez más adolescentes expresan sentirse sobrepasados por las exigencias escolares, la comparación constante o el miedo al fracaso. Es fundamental que los orientadores y psicopedagogos trabajen para desestigmatizar el malestar anímico, promoviendo la idea de que pedir ayuda es un acto de valentía, no de debilidad.  

También, es fundamental la colaboración de las familias y los profesores para que el rendimiento académico no sea el único parámetro de valoración. “Un alumno que solo estudia no va a tener salud mental”, María Velasco hace hincapié en la importancia de que los adolescentes realicen otras actividades en las épocas de exámenes, ya que les ayuda a airearse y poder rendir de una forma más efectiva. 

Los orientadores y psicopedagogos tienen la oportunidad y la responsabilidad de ser figuras clave en este proceso. A través de su escucha, su orientación y su compromiso, pueden marcar una diferencia significativa en la vida de los adolescentes. Porque cuando un adolescente se siente visto, comprendido y aceptado, su mundo interno florece. Y con él, su capacidad de convertirse en un adulto emocionalmente estable. 

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