Qué esperan los padres de los hijos

Todos los padres tienen en su cabeza cómo es el hijo que sueñan. Esto es algo normal, natural, sano y positivo para todos. Saber qué se espera, si está alineado con lo que ellos quieren, ayuda a marcar objetivos y a tener sensación de control (y todo esto genera seguridad, confianza y fomenta la autoestima).
Sin embargo, si las expectativas no se ajustan a la realidad (a lo que el hijo puede llegar a ser), se pueden convertir en motivos de conflicto y tensión familiar. Entendiendo que toda expectativa está pensada con la mejor intención, pero si los hijos no las cumplen, con frecuencia se crean situaciones difíciles en casa. Así, nosotros como orientadores, podemos ayudar a las familias a que entiendan los motivos por los cuales se da esta situación:
- Que el hijo se sienta “programado” por los padres y eso le haga pensar que son ellos quienes tienen las riendas de su vida.
- Que el adolescente viva como una imposición hacer aquello que se espera de él. Esto puede generar que se rebele a cumplirlo solo por el hecho de que le viene impuesto.
- Que las expectativas que hay sobre un hijo las cumple otro miembro de la familia. Esta situación pone al chico en estado de alerta y así es más fácil que se generen conflictos.
- Que las expectativas sean tan altas que el hijo no las cumple nunca. Esto deriva en situaciones de frustración por ambas partes. Además, provoca que se vea afectada su autoestima y autoconfianza.
- Que los padres estén tan pendientes de lo que esperan en un futuro, que no atiendan ni valoren sus logros y esfuerzos del presente.
- Que estas expectativas estén centradas en los deseos que el padre tenía para sí mismo y no cumplió, y no en lo que sueña el hijo.
Para evitar que se produzcan estas situaciones siempre se puede ofrecer a las familias orientaciones que favorezcan la relación padres-hijos:
- Que valoren los sueños que los hijos tienen sobre sí mismos, sobre todo si son diferentes a los que tienen los adultos.
- Que permitan al adolescente que se equivoque y, cuando lo haga, dejar que asuma las consecuencias de sus fallos.
- Que tomen distancia entre lo que quieren los padres y lo que quieren los hijos y analizar juntos: ¿es tan diferente en realidad?, ¿son aspectos incompatibles?, ¿podríamos encontrar algún punto de encuentro?
- Que se propongan y se motiven desde el hijo, y no desde el padre. Emplear frases del tipo “sé que eres capaz de conseguir esta meta, por eso te la pido” genera siempre mayor proactividad.
- Que tengan siempre como punto de referencia lo que pueden alcanzar ellos mismos y no los otros. Ponerles metas objetivas y que partan de su propia realidad, porque superarse a sí mismo fomentará su autoestima, la confianza y la capacidad de creer en sus posibilidades.
- Que no olviden que todas las personas brillamos en algo, aunque ese algo no sea lo que los padres esperan. Buscar juntos en qué brilla cada adolescente y apostar por ello.
Una de nuestras grandes labores como orientadores es recordar a las familias que los hijos se ven a sí mismos a través de los ojos de los padres. Por tanto, en vez de plantear qué es lo que quieren que sean, tendrían que comenzar a fijar la mirada en lo que pueden llegar a ser.
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