• ¿Cómo influyen el amor, el perdón y la afectividad en los jóvenes?

¿Cómo influyen el amor, el perdón y la afectividad en los jóvenes?

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En un contexto educativo cada vez más exigente, donde los adolescentes preuniversitarios enfrentan presiones académicas, sociales y personales, las palabras del psicólogo y profesor universitario Tasio Pérez nos invitan a recentrar la orientación educativa, sobre la educación emocional en adolescentes, en lo esencial: “los grandes retos que tenemos son saber amar y saber vivir con sentido”. Esta afirmación no es una reflexión abstracta, sino un criterio práctico para quienes trabajan cada día con jóvenes en proceso de construcción personal.

Educar más allá del rendimiento

Como docentes, psicopedagogos u orientadores, a menudo ponemos el foco en resultados académicos, competencias o itinerarios formativos. Sin embargo, nuestro protagonista plantea una cuestión clave: cualquier intervención educativa debe tener en cuenta las grandes preguntas vitales. ¿Se siente este alumno querido? ¿Encuentra sentido en lo que hace? Sin estas bases, difícilmente podrá desarrollarse una madurez auténtica.

El amor, entendido como aceptación incondicional, se convierte en un elemento estructural del desarrollo. “Uno no puede sanarse solo; se sana siempre en relación”. Esta idea pone el acento en el vínculo como herramienta educativa, no como complemento.

El poder transformador del perdón y la aceptación

En el acompañamiento a adolescentes, es frecuente encontrar conflictos familiares no resueltos. Tasio Pérez subraya la importancia del perdón como punto de inflexión: cuando un hijo es capaz de perdonar —o de recibir ese perdón— “esa barrera desaparece”. Para los orientadores, esto implica facilitar espacios donde los jóvenes puedan expresar emociones complejas y reconstruir relaciones dañadas.

Asimismo, ayudar al adolescente a reconocer que, a pesar de las imperfecciones, es querido por sus padres, puede desbloquear procesos internos clave. “Cuando se abren a la posibilidad de recibir el amor que les dan, las cosas empiezan a poder cambiar”. Aquí, el trabajo del profesional educativo consiste en ayudar a resignificar esas percepciones.

Acompañar a las familias: equilibrio entre presencia y autonomía

Otro de los grandes retos señalados es la educación en la responsabilidad. No se puede exigir madurez si no se permite ejercerla. En este sentido, el orientador juega un papel mediador fundamental con las familias: “a veces hay que saber decir ‘deja ese espacio’, y otras, ‘coja ese espacio’”.

Este equilibrio es especialmente delicado en contextos de sobreprotección o, en el extremo contrario, de ausencia emocional. Detectar estas dinámicas y acompañar a los padres para ajustarlas es parte esencial del trabajo psicopedagógico.

Procesar el conflicto: separación, enfado y culpa

Las rupturas familiares representan una de las situaciones más sensibles en la adolescencia. Tasio señala dos claves para abordarlas: validar el dolor y eliminar la culpa. Es fundamental que los padres transmitan claramente que la separación “no tiene nada que ver con los hijos” y que no son responsables de lo ocurrido.

Desde el entorno educativo, esto implica aceptar el malestar del adolescente sin minimizarlo: “está enfadado porque cree que no ha recibido lo que necesitaba”. Validar esa emoción es el primer paso para que pueda elaborarla.

La importancia de poner palabras

Muchos adolescentes carecen de herramientas para expresar lo que sienten. Aquí, el orientador tiene una función clave: ayudar a verbalizar. Traducir emociones en palabras permite ordenar la experiencia interna y reducir la ansiedad.

Del mismo modo, la mentira en el niño o adolescente debe interpretarse desde su raíz: “aparece porque tiene miedo a dejar de ser querido”. Esta idea cuestiona los enfoques punitivos y propone una respuesta basada en el vínculo.

Educar desde la relación

Para el aula, Tasio Pérez propone un enfoque claro: ante el error, reforzar el vínculo. Un mal resultado o una conducta inadecuada no deben poner en duda el afecto. Mensajes como “vamos a trabajar en ello, pero te quiero igual” generan seguridad emocional y favorecen el aprendizaje real.

En definitiva, la educación emocional en adolescentes hoy exige integrar lo académico con lo humano. Amar, dar sentido y acompañar desde la relación no es una tarea secundaria: es la base sobre la que se construye todo lo demás.

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